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LA VEGETACIÓN Y LA FAUNA.

VEGETACIÓN ATLÁNTICA DE FRONDOSAS.

La comarca del Pisueña se caracteriza por una cubierta vegetal típicamente atlántica, con predominio de especies bien adaptadas a un clima húmedo y templado y a unas condiciones edáficas generalmente favorables. La vegetación ocupa el piso colino hasta los setecientos metros de altitud y el piso montano por encima de esta cota.
Las formaciones boscosas más características de la comarca están compuestas por especies planocaducifolias, que se caracterizan por la pérdida de la hoja durante el otoño a efectos de soportar sin dificultad los rigores invernales. De esta manera la actividad de cada árbol se ralentiza en la estación fría, y en cada primavera desarrollan los órganos reproductores y los tejidos de asimilación. Hablaremos por tanto de bosques mixtos, robledales, hayedos, y bosques de ribera.
Además, otro tipo de bosque tiene cabida en la comarca, los encinares calcáreos. Se trata de un bosque esclerófilo, o lo que es lo mismo, caracterizado por la adaptación de las hojas a condiciones de aridez edáfica o sequía estival.
El bosque mixto de frondosas constituye la formación mejor adaptada en zonas, como la comarca del Pisueña, carentes de una acusada sequía estival, sobre suelos ricos y profundos. En condiciones de equilibrio se localizan generalmente en zonas de débil pendiente del piso colino, y se caracterizan por una alta diversidad del espacio arbóreo sin que ninguna especie resulte dominante.
Su situación en áreas de clima suave y húmedo, con inviernos no excesivamente fríos, y aspectos de suelo y topografía favorables, han determinado una competencia con los prados de siega, que generalmente se ha saldado en contra del bosque, y la comarca, dado su dominante ganadero, no ha sido una excepción.
Hoy, muchos rodales, o líneas de vegetación diversa en torno a las lindes de las fincas, constituyen la muestra de lo que antaño fueran buenas representaciones de este tipo de bosques. Las masas más densas en la actualidad, se adaptan a zonas de mayor pendiente que no han sido convertidas en praderas de pasto.
El resto de las formaciones presentes en la comarca, excepción hecha de las que acompañan los cursos fluviales, tienen un carácter monoespecífico. Los hayedos, de Aloños, Esles y Rasillo, los robledales de Valvanuz, Zarrizuela, o La Busta, y los encinares calcáreos del área de Cabárceno.

FORMACIONES VEGETALES:

El robledal de Quercus robur, se asienta en las zonas basales de la cordillera cantábrica hace aproximadamente 4500 años. Con anterioridad, la transición desde las últimas pulsaciones glaciares, al final de las cuales quedó instalada una vegetación dominada por abedules y pino negro, se realizó a través de fases de sauces, serbales, majuelos y avellanos que dieron paso definitivamente a los Quercus caducifolios.
En toda la región, como sucedió con los hayedos, muchos robledales fueron conceptuados en siglos pasados como montes de la Marina, y explotados intensamente en favor del interés estratégico-militar. Cuando no fue así, aún tuvieron que librar la batalla de la utilización de los espacios de bosque como pastizales. A pesar de que su reducción ha sido generalizada todavía se encuentran retazos de robledales en buen estado de conservación.
En la comarca predominan los robledales de Quercus robur, o cagiga, que se diferencia del roble albar por presentar hojas sentadas, y frutos pedunculados, frente a las hojas pecioladas y los frutos sentados de este último. Se trata de un árbol longevo, de gran porte, copa ancha y redondeada, con ramas muy extendidas. Es una especie que soporta mejor condiciones de cierta aridez o de mayor insolación que otras especies del bosque atlántico como el haya. Se adapta a condiciones de humedad más extremas, tanto por defecto como por exceso, pues aparece también en suelos mal drenados o poco aireados, donde dispone de agua sobreabundante. Tienen además menos exigencias en nutrientes que hayedos o bosques mixtos y su adaptabilidad a suelos ácidos permite que su cortejo florístico sea mayor, pues comparte un buen número de plantas de sombra con otros bosques planocaducifolios y añade una buena representación del grupo de las silicícolas.
Valvanuz, Zarrizuela, entre Llerana y Abionzo, y La Busta en el entorno de Llanos, son los robledales mejor conservados de la comarca. Formando rodales pueden contemplarse ejemplares de gran porte en La Rozada en las inmediaciones de Tezanos, en Bustantegua, o en Sarón, en el lugar donde tenía lugar la antigua feria de ganado, hoy convertido en parque.
El estrato arbóreo es generalmente monoespecífico, aunque en ocasiones pueden aparecer algunos ejemplares de fresno o algún tilo. Sin embargo, el estrato arbustivo es más denso, y en el se dan cita numerosas especies entre las que destacan el laurel (Laurus nobilis), el espino albar (Crataegus monogyna), el acebo (Ilex aquifolium), el arraclán (Frangula alnus), y el endrino (Prunus spinosa).

El haya (Fagus sylvatica), por su capacidad para generar sus propias condiciones ambientales, se erige en la especie más competitiva del entorno atlántico. El hayedo es un biotopo, capaz como ningún otro de modificar las condiciones microclimáticas del área en que se asienta.
Su instalación peninsular es posterior a la de las otras especies atlánticas, hace unos tres mil años. Contrariamente a lo habitual, se localiza en la comarca en zonas bajas, por debajo de seiscientos metros de altitud, con la excepción, en el límite con la cuenca del río Miera, del hayedo de Zamina, que alcanza cotas por encima de los mil metros.
Se trata de un árbol de entre 20 y 30 metros de porte variado. El tronco suele ser derecho y la corteza de color grisaceo claro, con frecuencia aparece acodado en la base como resultado de la inestabilidad de las laderas cuando se localiza en zonas de fuerte pendiente o del efecto de las nevadas en sus primeros años de vida. Presenta un sistema radical muy desarrollado y poco profundo con raíces secundarias externas que absorben el agua de los horizontes superficiales del suelo y reciclan los nutrientes de las hojas que lo cubren.
Las hojas son sencillas, finas y de color verde claro. Tienen de ocho a diez pares de nervios y las caracteriza una abundante pelosidad en su edad temprana, que cubre los bordes, favoreciendo la transpiración y evitando los daños de las heladas en la fase de floración, que se produce en la segunda quincena de abril. Los ejemplares adultos se deshacen de la hoja durante medio año, mientras los jóvenes son marcescentes, esto es, mantienen la hoja seca durante el período invernal.
Los frutos, los hayucos, maduran en Septiembre y son muy valorados por la fauna del bosque por su alto valor alimenticio. Son trígonos con paredes resistentes y brillantes y se desprenden cuando la cúpula, erizada, se abre por sus cuatro valvas.
El haya puede soportar inviernos rigurosos, pero al comenzar su período vegetativo es muy sensible a temperaturas extremas. Se adapta a cualquier tipo de suelo, pero tiene ciertas exigencias hídricas, por lo que sólo en valles muy húmedos se dispone en cotas tan bajas como en el Pisueña. Suele orientarse al Este o Nordeste, así ocurre en Aloños, Rasillo o La Zamina, mientras el caso de Esles, orientado al Oeste, resulta menos habitual.
En cuanto a la luz que recibe es muy tolerante, presenta dos tipos de hojas, las de sol, más pequeñas y resistentes, con más nervios, son exteriores y necesitan más luz para realizar la fotosíntesis. Las de sombra, mayores y más finas, pueden funcionar plenamente con un cuarto de la luz disponible un día soleado.
El interior de los hayedos resulta umbrío, la cobertera respecto a la luz es casi total y por ello el sotobosque es muy abierto, sin especies arbustivas y con un estrato herbáceo característico, poco denso, bien adaptado a esas condiciones sombrías, en donde pueden encontrarse algunos helechos o alguna variedad de plantas tóxicas.

El bosque mixto, se caracteriza por la riqueza de especies, arbóreas y arbustivas, que comparten el espacio. No es difícil superar la docena, robles, fresnos, tilos, hayas y castaños son los más habituales, junto a ellos, abedules, alisos, sauces, olmos, laureles, acebos, avellanos, espinos, tejos, serbales, o distintos tipos de rosáceas, conforman un biotopo singular, con bastantes exigencias hídricas y edáficas, pues sólo se desarrollan sobre suelos profundos y bien desarrollados, y con todas las limitaciones para su conservación que se han expuesto, derivadas de la actividad humana. Se encuentran bosquetes mixtos en Vega de Villafufre, el Monte Corona, en Argomilla de Cayón, o en Pisueña. El ejemplo mejor conservado, y de mayor extensión en la comarca, lo encontramos en Selaya, entre los pequeños valles de Campillo y Bustantegua.

Los encinares calcícolas son las formaciones boscosas más inesperadas en la comarca. El encinar de Quercus ilex es un bosque típicamente mediterráneo, muy bien adaptado a condiciones edáficas pobres y con escasos requerimientos hídricos. El hecho de que aparezca con frecuencia, especialmente en el municipio de Penagos, tiene que ver con las características de porosidad del sustrato calcáreo dominante. La infiltración de la escorrentía superficial y del agua de lluvia, hace que las condiciones del suelo, por otra parte apenas desarrollado en estos ambientes calizos, disten mucho de lo habitual, sobre sustrato arcilloso, en el resto de la comarca. La aridez del suelo, y la templanza térmica de los inviernos, permiten entonces el desarrollo de especies poco habituales en este húmedo ambiente cantábrico y las formaciones tienen, por su carácter relicto, un gran interés. Son encinares basales, muy densos, con gran diversidad de especies en el estrato arbustivo cuando el bosque se aclara y permite una mayor luminosidad, así aparecen endrinos, avellanos (Corylus avellana), laureles o acebuches (Olea europaea).

Los bosques de ribera aparecen como una mancha continua y estrecha de vegetación que acompaña a los cursos fluviales. Las comunidades vegetales se estructuran junto al
río en base a dos valores principales, la altitud y la proximidad al cauce, de la que se derivan distintos grados de estabilidad en el suelo y variaciones acusadas en lo que hace a la recurrencia de los períodos de inundación. Alisos y sauces se erigen en protagonistas principales de estos ambientes en la comarca, algo característico en todo el ámbito cantábrico. El sauce (Salix sppl) suele ser dominante allí donde el curso no está muy estabilizado o el régimen fluvial es más irregular, coloniza las llanuras de inundación e incluso las gravas fluviales, y son más frecuentes en taludes bien hidratados, o en linderos próximos al río, pero siempre en zonas abiertas, pues no soportan bien condiciones umbrías. El aliso (Alnus glutinosa), aparece en todas las riberas, se adapta a la perfección a suelos bien desarrollados y encharcables, y tiene un porte mayor, que supera con frecuencia los veinte metros de altura. Al contrario que el sauce, genera situaciones especialmente umbrías evitando con ello la presencia próxima de arbustos o árboles de menor porte.
Además, una variada relación de especies acompañan a ambos, son los fresnos, castaños, avellanos, plátanos, robles, tilos, arces, espinos u olmos que mantienen el equilibrio del ecosistema fluvial y permiten evitar graves alteraciones del cauce. La singularidad ambiental del espacio ribereño procede por un lado de la mayor disponibilidad hídrica, pues el nivel freático está más próximo a la superficie, y por otro de la atenuación térmica que supone en verano el mayor consumo de energía por parte de los árboles en su proceso de evapotranspiración, que es mayor del habitual al tener más agua disponible.
Los bosques de galería mejor conservados de la comarca son los que acompañan al Pisueña aguas arriba de Selaya, al río de Hormillas en Bustantegua, al río de Rubionzo en todo su recorrido, al río Llerana entre Saro y Coterillo, al río Junquera desde el hayal de Aloños hasta Santibáñez, al río Suscuaja en cabecera, al arroyo Benavieja en Llanos o al río de Argomilla hasta su llegada al pueblo.

Resultaría cuando menos atrevido citar la presencia de abedulares (Betula alba) en la comarca, pues no aparecen como formación boscosa desarrollada, pero si es digna de mención su proliferación al modo de pequeñas agrupaciones de unos pocos ejemplares en los municipios de Selaya y Villacarriedo, concretamente entre Tezanos y el cordal del Puerto de La Braguía. Se trata de árboles de entre diez y quince metros de altura, que presentan como característica más emblemática el color blanquecino o plateado de la corteza. Sus hojas son pequeñas, de forma elíptica y dentada.

Las praderas naturales constituyen la comunidad vegetal más arraigada con las formas de explotación económica de la comarca. Ocupan todo el espacio vegetal no forestado definiendo el aspecto paisajístico del valle. Por debajo de los seiscientos metros, predominan las praderas de siega para el ganado bovino, caracterizadas por la presencia de especies nutritivas para el ganado, gramas, tréboles o llantenes, plantas herbáceas siempre verdes que mantienen viva durante el período invernal su densa y perenne red radicular, formando una tupida superficie al llegar el período vegetativo. Una finca produce anualmente tres cortes, en el caso de las localizadas en las riberas o a media ladera, el retoño primaveral, la hierba sanjuaniega que sirve para alimentar al ganado en el invierno, y la otoñá. Las fincas de altura o branizas, sólo dan dos cortes, al quedar excluida la pación de primavera.
Aún cabe hablar de otro tipo de pastizales, las extensas laderas herbosas que ocupan zonas más elevadas o de mayor pendiente. Se dedican al pasto del ganado lanar y se caracterizan por una vegetación vivaz, en la que abundan los matorrales y las plantas espinosas, con especial dominancia de tojos y brezos.


LA VEGETACIÓN Y LA ACTIVIDAD ECONÓMICA. LOS PRADOS Y LOS CULTIVOS MADEREROS

El territorio es el soporte de la actividad económica en el medio rural, y el bosque es el principal recurso económico de que han dispuesto los habitantes de esta región a lo largo de su historia. La extracción de leña, de madera para la construcción de casas, muebles, herramientas y aperos; el pastoreo, y la roza, práctica por la que se rotura el bosque para habilitar terrenos de cultivo o de pasto, eran formas tradicionales de aprovechamiento forestal. Llegada la economía industrial, desde el s. XVII en adelante, se utilizó el bosque de forma exhaustiva para la extracción de carbón de leña que alimentara el fuego de ferrerías y fundiciones de metal, y también para abastecer de la mejor madera que precisara a la construcción naval.
En la edad media, hasta el s. X las zonas altas pasiegas sólo veían actividad durante el verano, cuando la nieve dejaba libres los pasos, y los pastores traían los ganados de las Merindades de Castilla. Pero a partir de esa fecha, empiezan a establecerse los pasiegos de forma continuada y con ellos su ganado. Disponen para su uso de amplios terrenos de praderas naturales, y extensos montes de los que harán un aprovechamiento selectivo en función de sus necesidades. Para alimentar el ganado que permanece estabulado todo el año, necesitan grandes extensiones de prados de siega que consiguen a partir de la roturación del monte, y la selección continua de especies que realizan a lo largo del tiempo.
No en todos los casos el bosque se ha convertido en praderas de pasto. En ocasiones, el ganado menor ha hecho uso de robledales y hayedos como espacios de pasto, alimentándose de brotes jóvenes y de los nutritivos frutos de árboles y arbustos. Muy probablemente la conservación de bosques próximos a los pueblos se debe al uso que la ganadería hacía de ellos. Se habilitaron seles para el ganado mayor, espacios delimitados artificialmente para que los rumiantes sestearan en lugares seguros y bien localizados. El aprovechamiento del bosque se hacía de forma comunitaria, y estaba regulado por el concejo, es decir por el conjunto de los vecinos. Quedan montes en la actualidad, como el robledal de Todos de Valvanuz, cuya denominación muestra bien a las claras el carácter compartido de la propiedad.
Mediado el s. XVIII, el incremento de la población coincide con un conjunto de restricciones al uso de los productos forestales. Estas limitaciones se producen cuando los astilleros cantábricos llevan siglos trabajando y la intensidad de la extracción ha alcanzado niveles muy altos. Piénsese que en el s. XVI, el Real Astillero de Guarnizo, llegó a ser usufructuario casi exclusivo de la madera de los montes de la zona central de Cantabria. Se usaban los robles más rectos para los mástiles de las embarcaciones, otros menores para construir casco y cuadernas; olmos y fresnos se destinaban a la obra interior, las hayas para la fabricación de los remos, etc. Y los árboles que se despreciaban para la construcción, se cortaban para facilitar la extracción de los principales, y se hacían leña.
En el primer tercio del s. XVII, la actividad del Astillero de Guarnizo decayó bruscamente, aunque las consecuencias positivas para el bosque que podrían haberse derivado de este hecho quedaron contrarrestadas por la instalación de las fábricas de cañones de Liérganes y La Cavada, que vinieron a fijarse en estas poblaciones, sólo para situarse al pie de los frondosos bosques de la montaña cantábrica.
Si la presión ejercida por estas actividades no fuera suficiente, la actividad minera y las ferrerías, basaban su funcionamiento en el consumo de carbón vegetal.
A lo largo del s. XIX, cerradas las Reales Fábricas, los montes de aprovechamiento comunal y del concejo fueron cambiando de titularidad hacia manos privadas, a la vez que la situación favoreció la apropiación particular de terrenos incultos. Progresivamente, la práctica de los pasiegos de cercar fincas y pratificar espacios de monte mediante la roza o el incendio se va extendiendo hacia zonas más bajas. Son años en los que se ve favorecida la expansión de la cabaña ganadera de las regiones más productivas.
Se llega así al estado actual del bosque, que se atrinchera en los escasos espacios que le dejan libres pradería y cultivos forestales.
En la comarca hay dos espacios dedicados con intensidad a los cultivos forestales, que son el grupo de montes Caballar, y el monte Carceña. En el primero se alternan las parcelas de pino, Pinus radiata, con las de eucalipto Eucaliptus globulus, mientras que en el segundo está presente casi exclusivamente éste último.
El eucalipto se introdujo en Cantabria en los últimos años del siglo pasado. Pronto se reveló como una especia altamente productiva cuando ocupaba parcelas por debajo de los 400 mertros de altitud. Ya en este siglo, la fabricación de celulosa y pasta de papel, encontró una magnífica materia prima en esta especie, que pronto extendió su cultivo por toda la región.

MAMÍFEROS, AVES Y OTROS ANIMALES DEL BOSQUE ATLÁNTICO.

La fauna es siempre difícil de observar en la naturaleza, y más en un ambiente tan humanizado como el de la comarca del Pisueña. No obstante, los abundantes ríos y arroyos, los innumerables sotos, rodales y pasillos de vegetación que por doquier aparecen en laderas y fondos de valle, junto a los cauces o junto a los pueblos, sirven de refugio y hábitat a numerosas especies de reptiles, pequeños mamíferos y aves. No es difícil ver recortada en el cielo la silueta de rapaces como ratonero común, milano real, cernícalo o buitre leonado; en las zonas más frondosas y arboladas se sorprende frecuentemente al arrendajo, al rabilargo, y la abubilla. Se oye al cuco. En los ríos y sus orillas conviven todo tipo pájaros, y a menudo patos y zancudas. Se ve la garza real en las orillas del Pisueña o sus afluentes. Entre los mamíferos, los más comunes son topos, erizos, ardillas, zorros, y ocasionalmente también algún corzo.

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Valle del Pisueña
Introducción
Medio Natural
Clima
El río Pisueña
Historia
Los pasiegos
La cabaña pasiega
 

TEXTO: JOSE MANUEL CARRAL
Agradecimientos a: ADL Comarcas del Pisueña-Pas-Miera