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HISTORIA. EL POBLAMIENTO PASIEGO.

Si nos ceñimos a los límites estrictos definidos documentalmente para la pasieguería desde el siglo XVII, a partir de los deslindes entre las Tres Villas (Sel de la Vega, San Pedro del Romeral y San Roque de Rumiera) y las jurisdicciones vecinas, apenas algunas zonas meridionales de la comarca limitaban con el conjunto. Con anterioridad los límites de los Montes de Pas se situaban ligeramente más hacia el Norte. Al margen sin embargo de matices administrativos, gran parte de la comarca del Pisueña, responde a los caracteres principales del poblamiento y de la cultura pasiegos.
El carácter distintivo se aprecia en la forma individual de explotación del medio frente a los usos colectivos del espacio de monte predominantes secularmente en otras zonas de La Montaña. El resultado de una estrategia económica que se basa en una distribución altitudinal de pastos, asegurando el sustento estacional del ganado, no es otro que la dispersión del poblamiento.
El origen del poblamiento pasiego hay que buscarlo en los primeros años del siglo XI, y concretamente en un documento por el cual el Conde Don Sancho y su esposa Doña Urraca decretan, como donación, que todos cuantos viviesen bajo la dependencia de la abadía de San Salvador de Oña, y poblasen un extenso territorio que incluía los Montes de Pas, tuviesen la potestad de aprovechar con sus ganados los pastos y los seles sin obligación de pagar montazgo.
Los primeros pastores enviados por la abadía burgalesa al Norte de la divisoria, iniciaron el poblamiento de los montes con una marcada dispersión en su origen. Durante la Edad Media el modo de ocupación y de explotación del terreno no difería en gran medida del que se llevaba a cabo en otros espacios de montaña en el contexto cantábrico, esto es, utilización de técnicas de carácter extensivo, a partir de rebaños mixtos que se desplazaban periódicamente entre pastizales y bosques de frondosas. En principio, la mayoría de los ganados que hacen uso del derecho de tránsito por los Montes de Pas pertenecieron a la nobleza, pues el privilegio de los eclesiásticos de Oña pronto desapareció y quedó relegado a un mero derecho a la percepción de diezmo en los límites estrictos de Espinosa.
Alcanzado ya el siglo XIII, fueron los monteros, un grupo de ganaderos locales, asentados en los concejos que constituyen la villa de Espinosa, quienes harán suyo el viejo privilegio de Oña por el procedimiento de los hechos consumados y de hacer ley de una costumbre. En 1396 el rey Enrique III concedió a los vecinos de Espinosa, y a sus monteros de la guardia real, el privilegio del Herbaje, lo que no hacía sino amparar una práctica ya iniciada y generalizada en los Montes de Pas.
Durante tres siglos los Montes de Pas fueron ámbito privativo del poder de los monteros de Espinosa, que apuntalaron su floreciente economía en prácticas semejantes a las registradas en otros puntos del ámbito pastoril cantábrico, con el aliciente, eso sí, del derecho a uso ilimitado de una excelsa superficie de terrenos de aptitud ganadera.
A partir del siglo XVI la organización del espacio cambia a todos los niveles en el ámbito pasiego y el sistema organizativo es bien distinto al de otras comunidades del contexto montañes.
El fundamento de tal singularidad, los "cierros" de fincas para uso individual, se llevan a cabo en derecho a partir de una Ejecutoria fechada en 1561, consolidación jurídica que afianza una práctica que tiempo atrás se llevaba a efecto con el único soporte legal de la permisividad de unos vecinos con otros.
Se rompe con los modelos agrarios de época medieval y se da paso a una sociedad mercantil centrada exclusivamente en el ganado bovino de leche. Una acusada especialización racial de troncos vacunos determina la creación de la vaca pasiega, animal que ofrecía la posibilidad de una producción escasa, del orden de 8 litros diarios, pero con un alto contenido en principios grasos, ideal para la elaboración de derivados, fundamentalmente quesos y mantequillas. Con una vida en producción de unos veinte años, la vaca pasiega se caracterizaba por una alzada pequeña, del orden de 120 o 130 centímetros, formas finas, hocico cuadrado, cuernos romos poco desarrollados y color rojizo o avellana. Los productos pasiegos, una vez en el mercado, hicieron de rampa de lanzamiento de una economía floreciente en los siguientes cuatro siglos. Mediado el diecinueve, se produce una reorientación en la cabaña. La actividad de preferencia pasa a ser la recría para su exportación a Castilla y otras zona vecinas del ámbito cantábrico, con lo que ello supone territorialmente, un aumento de prácticas intensivas a partir de la estabulación del ganado largos periodos de tiempo. Por último, la introducción del ganado holandés, ha supuesto un aumento en el número de reses por ganadero para hacer viable su explotación, ello se traduce en una mayor necesidad de pastos y por tanto en una mayor frecuencia de las mudas estacionales en busca de los mejores terrenos en cada estación.

UNA MARCADA VOCACIÓN GANADERA.

La economía de la Comarca del Pisueña, al igual que ocurre en el resto de la región, está marcada por una fuerte vocación ganadera, responsable del grado de desarrollo actual. Al devenir parejo entre los distintos valles de Cantabria, cabe añadir en el caso del Pisueña dos aspectos o hitos de especial relevancia cuya influencia ha trascendido más allá de los límites regionales. Se trata de dos experiencias pioneras, que han dinamizado, cada una en un momento histórico diferente, la capacidad de explotación ganadera con orientación láctea.
El primero de estos acontecimientos señalados es la puesta en marcha del modelo de explotación pasiego, que ya en el siglo XVI supone una revolución en el contexto de las economías montanas de la región. El segundo, muy posterior en el tiempo, es la implantación en 1905 de la Nestlé, primera multinacional del sector lácteo de Cantabria, localizada en La Penilla de Cayón.
La evolución hasta las actuales condiciones de la comarca, con una acusada orientación ganadera, y un predominio de las pequeñas empresas de carácter familiar ha sido muy dilatada en el tiempo, y frente a la creencia habitual, el paisaje agrario minifundista y la orientación láctea de la ganadería que hoy percibimos, se gesta en un período reciente, con visos de auténtica solvencia desde mediado el siglo XIX.
Con anterioridad al siglo XIX, y excepción hecha de la zona de influencia pasiega, el modelo económico de subsistencia que se practica en el valle prioriza los cultivos hortícolas y cerealistas sobre los usos ganaderos del espacio.
El régimen feudal de propiedad de la tierra en nada favorece durante toda la Edad Media posiciones de desarrollo económico a partir de iniciativas comerciales. La organización del espacio se repite en cada una de las ledanías que se asocian a cada aldea. Estas se componen de montes de uso común y espacios susceptibles de rendir fruto mediante el trabajo individual, cuyo derecho de uso es cedido en arrendamiento. Cada aldea organiza su espacio de producción en base a tres anillos casi concéntricos a los que se dotaba de distinta utilidad. Las zonas próximas a la casa, en las riberas de ríos o arroyos, se destinan como pequeños huertos para la obtención de cosechas de hortalizas, frutales para el complemento de la dieta, generalmente manzanos para la obtención de sidra, y lino para la confección de prendas de vestir. En este entorno de fondo de valle aparecen también algunos prados cercados para la alimentación del ganado de tiro de que se dispone.
El terrazgo cerealista es el más extenso de los espacios de cultivo. Alrededor de las aldeas se dispone aislado en mieses cerradas que se organizan en dos sectores, para cultivo o barbecho. Las especies que más espacio ocupaban, por resultar las más adaptadas a las condiciones que imponía la permanente humedad ambiental y el breve período estival de la región, eran el centeno, la cebada y el mijo. La vid se cultiva también en zonas bajas de la comarca, preferentemente con orientación al mediodía. Sin embargo, por exigencias de los propietarios de la tierra a quienes había que satisfacer en concepto de alquiler con una parte de la cosecha, se plantaba también trigo, con más frecuencia de lo que a la lógica corresponde, pues los fracasos eran habituales ya que este cultivo demandaba un clima más seco con mayor insolación. Con la introducción del maíz al iniciarse el siglo XVII, los problemas de abastecimiento habituales se vieron mitigados, pues supuso un gran incremento en la producción global, hasta tal punto que sustituyó a los cereales tradicionales para constituir el cultivo predominante. La innovación culminó posteriormente con la asociación de las alubias a dicho cultivo, de manera que a la vez que se aumentaban los rendimientos, se nitrogenaba el suelo, pudiendo prescindir del descanso de las tierras. La prioridad dada a este cereal se tradujo en el retroceso de otros cultivos como la vid y la manzana, y en el descenso en el número de reses de ganado mayor que demandaba amplias superficies.
Por último, los espacios de monte, constituyen el complemento a una sencilla y rudimentaria economía que se mantiene inalterable en esos términos hasta el siglo XIX. La complicada orografía de la comarca, especialmente en su mitad Sur, limitaba el espacio cultivable a los fondos de valle y a las laderas más bajas y de menor pendiente. El monte por tanto suponía una gran extensión de terreno que ofrecía un potencial importante. Las zonas más accesibles se rozaron para el cultivo del cereal, (la toponimia de algunos lugares hace referencia a esta práctica, caso de La Rozada en el pueblo de Tezanos), primero libremente y después a partir de una organización comunal del espacio de monte que se parcelaba y se dividía en suertes, "sernas" o "rozadas", entre los vecinos de cada lugar. Cuando no era así, las helgueras como se denominó a estos espacios en otras zonas de la región, se dedicaban a la elaboración de fertilizantes por el procedimiento de añadir helechos o retamas al abono animal.
El período en que con mayor perseverancia se procede a la roza del monte coincide, a finales del siglo XVI, con una crisis generalizada a nivel nacional, un importante crecimiento demográfico y una necesidad perentoria de espacio cultivable que fue en detrimento de los espacios de monte.
Al margen del sector agrario, una de las actividades de mayor arraigo en la comarca ha sido la derivada secularmente de la extracción de mineral de hierro en la mina de la sierra de Cabarga y su posterior fundición en las ferrerías del valle. El hierro se destinaba a la industria naval, a la fabricación de armas o a la exportación hacia Castilla.
Durante la Edad Media, hasta nueve ferrerías se encuentran en actividad en la comarca, que se sitúa a la cabeza regional en cuanto a número de instalaciones. Ello se debe a la existencia de gran cantidad de madera para el carboneo, a la accesibilidad para aprovechar la energía hidráulica que generan los numerosos cursos fluviales de la cuenca y sobre todo a la proximidad de la mina de Cabárceno, único yacimiento del momento.
Las ferrerías se ubicaban en Penagos, Castañeda, Santa María de Cayón, Saro, Selaya, Las Bárcenas, San Martín, Abionzo y Rasillo, y muchos fueron a buen seguro los ocupados, al menos a tiempo parcial en el sector del hierro, pues además de los obreros especializados de la ferrería, dirigidos por el ferrón, era necesaria la mano de obra campesina para otras muchas tareas como el transporte de leña y el carboneo.
Sin embargo, con la instalación en el siglo XVII de los Altos Hornos de Liérganes y La Cavada el auge del sector en la comarca toca a su fin. Pese a que se puso en funcionamiento una nueva instalación en la comarca, la ferrería mayor de Llerana, perteneciente al linaje de los Obregón, la Dotación que afecta a todos los montes del área central de Cantabria, que impide el uso de su madera para otro fin que no sea el de servir a los Altos Hornos, obliga a importar carbón para fundir el mineral. El incremento de los costes estuvo en la base del decrecimiento del sector.
La economía se complementa con actividades artesanas en la elaboración de aperos de labranza, actividades de carpintería o desempeño de oficios, como la cantería, en áreas urbanas.
Con el cambio de manos en la propiedad de la tierra, que pasa a poder del campesinado y a favor de coyunturas como la apertura del camino de Reinosa, que enlaza la región con la meseta, el modelo de explotación cambia en la comarca en la misma medida que en el resto de Cantabria.
El siglo XIX supone una reorientación a todos los niveles. El primer paso hacia la introducción generalizada del ganado se produce con el apogeo de la carretería, durante las tres primeras décadas del siglo. Antes de la puesta en marcha del ferrocarril de Alar del Rey a Santander la demanda castellana de ganado de tiro para las roturaciones supone el primer aliciente para el mercado exportador.
La cabaña está dominada por el ganado de fuerza, aún predominan los aprovechamientos colectivos del espacio y el sustento del capital son las razas autóctonas, bien adaptadas pero con muy baja productividad en comparación con las razas seleccionadas.
Durante las décadas centrales del siglo, a favor de un crecimiento demográfico importante en las áreas urbanas de la región, aumenta notablemente la demanda de carne para consumo, algo poco habitual en períodos anteriores en que la carne no formaba parte de la dieta obrera. La reducción de costes de transporte y el hecho de que otras regiones norteñas no pudieran competir por el mercado castellano y madrileño al no disponer de ferrocarril, favorecieron las expectativas exportadoras de toda la región.
Otras circunstancias apoyaron el buen momento comercial del ganado de carne: las Exposiciones Regionales, el avance del uso privado de los espacios comunales, la introducción de razas foráneas, o la recría de terneros para matadero durante cinco o seis meses como práctica habitual . El cambio señalado, vacas en lugar de bueyes, supone al menos un avance en la capacidad productiva y una movilidad de capital que con anterioridad no existía.
Por último, acabando el siglo, ante el aumento de la demanda urbana de leche y derivados lácteos se vuelve a reorientar la actividad y por tanto la cabaña. A ello contribuyó el hecho de que Galicia, una de las potencias del momento en el mercado de la carne cesara en las exportaciones al mercado británico y pusiera sus ojos en el nacional.
Las explotaciones pasiegas, como ya se expuso, fueron pioneras tres siglos atrás en la comercialización de derivados lácteos. Los pasiegos llevaron a cabo una primera selección del ganado tradicional, con la vaca pasiega crearon las primeras vaquerías en el entorno de las ciudades y después la cruzaron con la suiza para finalmente adaptar la vaca holandesa, que ofrecía un mayor volumen de producción diaria.
El último salto hacia el modelo económico plenamente mercantil lo supone a finales del siglo XIX la aparición de pequeñas industrias transformadoras especializadas en la elaboración de quesos, una en Selaya, y hasta cuatro en Santa María de Cayón, siendo la de Esles, propiedad de Pedro Saro y Salvador Gutiérrez, la de mayor envergadura.
Con la llegada del siglo XX se instala en la comarca la multinacional Nestlé que como el resto de industrias lácteas del momento elige como punto de localización la salida de uno de los valles lecheros preferentes. Además, la proximidad del ferrocarril es siempre un factor de localización industrial, y el tren de Ontaneda acaba de ser inaugurado. Se aprovecha igualmente la experiencia en producción láctea de la comarca para servir a centros urbanos y la aclimatación ya conseguida de las razas foráneas cuya rentabilidad no ofrece dudas.
Los inicios no resultan arrolladores, se trabajaba con quinientos litros diarios, eso sí, al precio más bajo de toda la cornisa cantábrica, del orden de diez céntimos el litro. Al comienzo recoge leche de Santa María de Cayón y Castañeda, pero en 1915 todos los municipios de la comarca excepción hecha de Selaya sirven ya a la fábrica de La Penilla. Tras la Guerra Mundial la producción se dispara, y la recogida de leche supera los diez millones de litros en 1925. Cantabria se confirma en el primer tercio del siglo como primera región suministradora de vacas en producción para otras provincias de España, el proceso de sustitución de razas tradicionales es vertiginoso y el porcentaje de producción lechera industrializada alcanza cotas desconocidas en otras regiones norteñas. En este marco, el valle del Pisueña, se presenta como una de las zonas de mayor volumen de producción de la provincia de Santander mientras en conjunto, el partido judicial de Villacarriedo ostenta el 17% de la cabaña provincial en 1927 con más de treinta mil animales y una clara predominancia de las vacas de raza holandesa.
La evolución continúa en la misma línea tras la Guerra Civil y la autarquía franquista. Mediado el siglo la demanda se revitaliza y regresa a la línea ascendente anteriormente iniciada.
Las últimas décadas vienen marcadas por un descenso de las explotaciones, y por un aumento acusado de la productividad y del terreno por ganadero. Hoy las ganaderías producen muy a menudo más de cincuenta mil litros al año, desaparecen las técnicas tradicionales de siega, ordeño y transporte de la leche, aumenta el período de estabulación del ganado y la selección genética de cada animal está en la base de cualquier proyecto empresarial en el ámbito ganadero. Se han reducido progresivamente los costes y se ha mejorado la alimentación, la selección y el control sanitario, en aras de una competencia cada vez mayor en el mercado europeo, y las explotaciones sólo resultan viables con un número de reses elevado. La comarca del Pisueña, pese a las dificultades, ha sabido adaptarse a las nuevas condiciones estructurales para seguir ofertando un producto de calidad altamente competitivo.

 
 

TEXTO: JOSE MANUEL CARRAL
Agradecimientos a: ADL Comarcas del Pisueña-Pas-Miera

 

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